Captain Moore
Hace poco me vino a la cabeza la imagen del capitán Moore, ese veterano de la segunda guerra mundial que se propuso recaudar unos dinerillos para la NHS haciendo largos en su jardín con el taca-taca. Sus videos capitalizaron la sed de optimismo y el exceso de tiempo libre que teníamos la mayoría, convirtiendo su meta de mil libras en nada menos que treinta y pico millones. Eso vienen siendo unos 3 mil euros por metro recorrido, euro arriba euro abajo.
Pero no acabó ahí la cosa. Se ve que no satisfecho con ostentar el título de youtuber más longevo (y rentable) de la historia, Moore también consiguió que la Reina Isabel le nombrase caballero y hasta sacaron una ginebra en su honor. Sir YouTuber, that is. Algunos entendidos aseguran que su nombre se llegó a barajar como futuro líder de los Tories (esto igual me lo invento), pero en cualquier caso Boris pudo respirar tranquilo pues al poco tiempo los telómeros del ilustre dijeron basta y hubo de aparcar el taca-taca. Como era de esperar el país se sumergió en un luto colectivo, las columnas de opinión y redes sociales rebosando solemnidad y orgullo patrio. Hasta aquí todo hunky-dory.
Pero claro, tuiter siendo tuiter siempre hay quien decide que los cuescos suenan mejor en un funeral, así que agárrate que hoy he comido lentejas. En estas que un tal JK natural de escocia decide que a él ese viejo se la suda y que «el único soldado británico bueno es el soldado muerto, así que arde viejo, arde» (traducción mía). Majo el señor.
Bueno va, oigo decir, que tampoco es para tanto. Barbaridades así se leen cada día en la sección de comentarios de Pablo Iglesias. De hecho recuerda un poco al desafortunado post que le dedicó un valenciano al torero Víctor Barrio tras su fallecimiento, y que por cierto no sé en qué quedó. Pues bien, al señor JK le cayeron 150 horas de servicios a la comunidad y 18 meses de supervisión. Todo por un tuit de menos de 100 caracteres y que apenas estuvo colgado unos minutos. Si te dicen que sucedió en China o Irán te lo crees, pero es que hablamos de la patria de John Stuart Mill y cuna del liberalismo, carallo.
Y es que todo esto refleja una realidad que me resulta difícil ignorar: la expresión libre es un derecho en decadencia en occidente. Suena algo melodramático, pero ya veremos. Y es que aquí somos tan responsables los ciudadanos como el estado. Por un lado tenemos gobiernos como los de España, Inglaterra, o incluso Escocia donde el parlamento contempla una ley que criminalice ciertos debates políticos amparándose en el término paraguas del hate speech (incitación al odio), y que incluiría (ojo) discusiones que tengan lugar dentro de nuestra propia casa. Por otro está el miedo al fanatismo religioso o a convertirse en objeto de un linchamiento online por una turba siempre sedienta de schadenfreude y de exhibir su virtuosismo moral hundiendo la reputación del hereje de turno. La autocensura y la cancelación existen, y sino que se lo pregunten a María Frisa, Meg Smaker o Hernán Migoya.
Pero por muy tentador que sea, la solución no pasa por una indiferencia Trumpiana o la ofensa gratuita al rival ideológico. Hay una línea muy fina entre el derecho a expresar una opinión y el insulto, y aunque cada uno la traza en un sitio distinto la diferencia fundamental radica en la intención del que expresa la opinión, no en la interpretación subjetiva del receptor.
Como dijo no sé quién, «Those who are easily offended should be offended more often».
Amén.


Comentarios
Publicar un comentario